10 Septiembre 2009
LA MECEDORA (I)
La gata se pasea por entre sus piernas.
El vaivén de la mecedora casi le pisa la cola,
Pero ágil, de un brinco se sube a su regazo.
Se pasea como una pluma sobre sus brazos
Y alza el lomo buscando que la rasquen.
Ella se acomoda y la rodea con sus brazos,
Mientras la gata emite un leve ronroneo.
Ambas cierran los ojos y se dejan acariciar,
Una por la mano arrugada y casi inmóvil,
La otra con la compañía y el leve calor que le dan.
La gata saca su lengua
Y comienza a limpiarse las patas y su diminuto hocico.
Ella la mira y sonríe.
Recuesta su cabeza y continúa con el vaivén.
A lo lejos se escucha una melodía
Que proviene de la radio.

Afuera está lloviendo.
La gata se acomoda y le devuelve el abrazo.
Piensa en sus días de antaño.
Tantos años han pasado, que casi olvida
Cuán ágil, cuan hermosa y requerida era.
El contoneo de su caminar,
Por la noches, serena y coqueta,
Que volvía loco a todo aquel que la miraba.
Todos querían tenerla
Pero no entendían su sentido de independencia.
Hoy se siente cansada y sin muchas ganas de vivir.
Nunca pensó que terminaría sus días sola y marchita.
Afuera sigue lloviendo,
El frío ha empezado a colarse por la puerta
Y con un leve suspiro, se despide de este mundo.
Deja caer su manta y la mecedora atrae lentamente la quietud.
La gata se enrosca,
Pero ya nadie la acaricia.
Rememora que nunca pensó que terminaría sus días
Sola y marchita,
En los brazos de una anciana muerta que apenas conoció.
Autor: Sofía Pollmann
Volver al inicio
Ver La Mecedora II